Tarde de domingo
Es extraño esto de exponerse a través de la red. Cuando se desconfía de todo método electrónico y sin embargo en medio de la extraña y estrañada soledad, se irrumpe en el mudo cyberespacial para decir ¡Aquí estoy! Déjenme entrar! Corren los chicos bajos los incipientes jacarandáes, el ruido de los comensales en las mesas barriales son apenas entrevisto a través de las discretas cortinas que nos aislan del miedo a la calle con los nuevos monstruos. Pensar que nos dio asco Cortázar porque en Las puertas del cielo los tildaba así. Y ahora, nosotros, porque fuimos robados, pero no robados en las ilusiones que eso nos pasa a todos, sino efectivamente, con un caño en la cabeza, empezamos a sospechar que Don Julio no estaba loco, ni era racista, ni elitista sino que tenía miedo. El mismo que tuve hoy, cuando salí a la puerta a decirle timidamente al niño que se lavaba las manos en el agua de la calle (por qué habrá agua en la calle si en este barrio hay cloacas) "Flaco, usá la canilla baja, ese agua te puede matar" y el pibe subiéndose al carro maloliente lleno hasta el borde de esas enormes jorobas de nylon que son el simulacro de caparazones de sus carros-tortugas, me dijo "Gracia doña". Ay... necesito regresar al barrio donde Rondita era un loquito al que todos temíamos y no esta triste corte de fantasmas terrosos que se desparraman por una Buenos Aires que cada dia nos duele más y más, y más.